Serie «Comunicación social en transformación» – artículo 2 de 8. El artículo anterior mostraba cómo una red de voces de confianza puede ampliar el alcance de una entidad; éste revisa su límite ético. Una organización entrevista a una persona atendida, le pide que firme una autorización y publica su historia. El procedimiento puede ser legalmente correcto y, al mismo tiempo, profundamente desigual. Por eso, cada vez más entidades apuestan por relatos cocreados con las personas protagonistas.
¿Quién ha decidido el tema? ¿La persona ha visto el resultado? ¿Sabe que el testigo puede reaparecer años después en una campaña? ¿Puede retirarlo? Precisamente para responder a estas preguntas, el siguiente paso en una comunicación centrada en derechos es compartir las decisiones sobre cómo se construyen, se utilizan y se conservan los relatos.
El consentimiento es una conversación
Una firma no garantiza que el consentimiento sea libre e informado. De hecho, la relación entre una entidad y una persona apoyada contiene un desequilibrio de poder. Aunque nadie lo diga, la persona puede temer que negarse a participar afecte a la ayuda que recibe.
Child.org ha revisado su forma de recoger testigos en Kenia. En concreto, antes de tomar fotografías o entrevistas, procura explicar el proyecto con 48 horas de antelación. También muestra ejemplos de publicaciones anteriores para que las personas entiendan dónde pueden aparecer sus imágenes.
En una sesión, varias personas decidieron no dejarse fotografiar. La organización lo interpretó como buen resultado: indicaba que habían entendido que podían decir que no. Además, el protocolo permite retirar su consentimiento días, semanas o años después, incluso a través de un agente comunitario de salud.
El consentimiento no es el documento que protege a la organización. Es más bien el proceso que protege a la persona.
Relatos cocreados: incorporar a las personas antes de definir la historia
En 2026, el Disasters Emergency Committee publicó los aprendizajes de un proyecto piloto en Líbano. Concretamente, ocho mujeres desplazadas por el conflicto trabajaron durante una semana con el equipo de comunicación, especialista en relato ético y una fotógrafa local.
Las participantes decidieron qué querían explicar, qué escenas eran significativas y cómo construir las imágenes. Asimismo, revisaron una primera selección de fotografías y montajes antes de su publicación.
Las mujeres prefirieron situar sus experiencias en los problemas compartidos por la comunidad: la falta de agua, los cuidados, la salud mental y las posibilidades de obtener ingresos. Por tanto, no querían que el relato se centrara exclusivamente en el sufrimiento individual: preferían relatos cocreados arraigados en la vida cotidiana de la comunidad.
La cocreación no elimina el trabajo profesional. Los equipos de comunicación y fotografía siguen aportando criterio narrativo y técnico. Lo que cambia, sin embargo, es la relación: la experiencia vivida deja de ser materia prima y pasa a orientar la producción.
Trabajar con profesionales del contexto local
Fairpicture trabaja con profesionales visuales locales y ha desarrollado FairConsent, una aplicación multilingüe para registrar y actualizar permisos durante todo el ciclo de vida de los contenidos.
Entrevistas realizadas en 2025 con personas creadoras de Camboya, Burundi y Kenia muestran que el formulario no resuelve automáticamente los dilemas. Por ejemplo, puede confundirse con un contrato oficial, generar expectativas de remuneración o no explicar bien que una fotografía será reutilizada.
La proximidad cultural y lingüística ayuda, pero es necesario explicar la finalidad, los canales, la duración prevista, los beneficios para la organización y los riesgos para la persona. También es necesario hablar con claridad sobre la remuneración.
Gobernar qué pasa después de publicar
Las directrices de comunicación ética de ACNUR establecen seis principios: no causar daño, representar con dignidad, combatir estereotipos, amplificar las voces de las personas refugiadas, obtener consentimiento informado y rendir cuentas.
Entre las medidas concretas se encuentra limitar el uso ordinario de historias e imágenes a cinco años. Pasado este tiempo, es necesaria una nueva aprobación. Además, los contenidos también deben retirarse si un cambio social o político puede poner en riesgo a las personas representadas.
Esto transforma el archivo audiovisual: deja de ser un banco ilimitado de materiales y se convierte en cambio en un conjunto de permisos vivos.
Cómo aplicar relatos cocreados en la práctica
No todas las entidades pueden desarrollar un proceso participativo de semanas para generar relatos cocreados. Sin embargo, sí pueden introducir cinco garantías:
- Explicar finalidad, canales, duración y riesgos antes de grabar.
- Separar el acceso a los servicios de la decisión de participar.
- Permitir elegir temas, imágenes, nombre real, seudónimo o anonimato.
- Ofrecer una revisión previa siempre que sea posible.
- Registrar una caducidad y mecanismo accesible de retirada.
La cocreación requiere mayor tiempo y flexibilidad. También obliga a aceptar que la historia final puede ser menos emotiva o menos útil para captar fondos. Esta aparente pérdida de control es, de hecho, una prueba de coherencia: una organización que defiende la autonomía no debería suspenderla cuando comienza la producción de contenidos.
El reto no es sólo contar historias más respetuosas. Es revisar quién tiene el poder de decidir lo que es una buena historia. Por este motivo, el tercer artículo de la serie explora cómo trasladar ese mismo principio a la comunicación distribuida entre entidades sociales .
Fuentes
- ACNUR: directrices de comunicación ética
- Disasters Emergency Committee: cocreación en Líbano
- Bond y Child.org : consentimiento para relatos éticos
- Fairpicture: aplicación práctica de las directrices éticas
- Save the Children: Putting the People in the Pictures First
✳ Este artículo se ha elaborado con soporte de IA generativa. Revisión y responsabilidad editorial: Enric Guinart Mauri. Más información →