Todavía aparece en muchas memorias y webs del sector la palabra beneficiarios. Es cómoda y aparentemente neutra, pero describe una relación que la mayoría de entidades no querrían proyectar.
La palabra beneficiarios trabaja en tu contra
«Beneficiario/a» describe a alguien que recibe. Pasivo, agradecido, situado al otro lado de una línea que separa a quien da de quien necesita. Cuando una organización se describe a sí misma a través de esta palabra, proyecta una relación vertical aunque no lo pretenda: hay quien tiene y decide, y quien espera y agradece.
Pero las personas que una entidad acompaña no son receptoras pasivas de nada. Son personas con derechos reconocidos que, en un momento de su vida, acceden a servicios que les pertenecen como ciudadanas. Nadie se llama a sí mismo «beneficiario/a» cuando va al centro de salud o cobra una pensión: accede porque tiene derecho a ello. Llamarlo de otra manera cuando se trata de servicios sociales revela una asimetría que no deberíamos dar por buena.
El cambio de palabra no es cosmético. «Personas atendidas», «personas participantes» o, según el contexto, simplemente «personas» sitúan a quien está en el centro como sujeto, no como objeto de la acción de la entidad. Y esa posición cambia muchas otras decisiones: cómo se fotografían, cómo se cuentan sus historias, si se les consulta antes de hablar de ellas y qué voz tienen en las decisiones que les afectan.
Una cuestión de mirada, no solo de vocabulario
Hay quien objeta que es solo una palabra y que el sector tiene problemas más urgentes. Pero el lenguaje que una organización utiliza para hablar de su trabajo es el primer lugar donde se nota si su mirada es de derechos o de caridad. Si internamente se habla de «beneficiarios/as», es probable que esa mirada se haya filtrado también a las campañas, a los informes y al trato cotidiano.
Cambiarlo exige algo de disciplina, porque la palabra está incrustada en plantillas, bases de datos y costumbres. Pero es una de las intervenciones más baratas y de mayor recorrido que una entidad puede hacer: no cuesta presupuesto y toca de lleno la coherencia entre lo que dice que defiende y cómo lo explica.
La próxima vez que revises una memoria o una web, prueba a sustituir cada «beneficiario/a» por «persona con derecho a». Si la frase deja de sonar natural, quizás el problema no sea la frase: sea la relación que describía. ¿Cuál de las dos quiere proyectar tu organización?
✳ Este artículo se ha elaborado con apoyo de IA generativa. Revisión y responsabilidad editorial: Enric Guinart Mauri. Más información →